Las Mil Lunas de Mauritania

Es complicado escribir aquí sobre Mauritania, porque para mí este país no es un viaje, es mi vida actual. Trabajo desde hace meses como referente de salud mental y apoyo psicosocial con la Cruz Roja francesa. Sin embargo, creo necesario crear una entrada que me recuerde los mágicos lugares que he recorrido este tiempo. Esos rincones donde he podido ser un poco turista, un poco lugareña y un mucho una toubab explorando una tierra salvaje.

Nouakchott, la capital del país de mar y desierto, no es una ciudad bonita. Polvo, arena, carros de burros y basura son los protagonistas de una urbe donde la globalización apenas parece haber llegado.

Nouakchott no es una ciudad bonita. Pero son hermosas sus playas (en especial Sultanes y Océanides ), los barcos de colores del Marchée des Poissons, el canto de los pescadores, las dunas esparcidas a las afueras de la villa y el secreto de arena y sal que alberga pk100, a cien kilometros de la ciudad.

La hospitalidad de los mauritanos me enternece, gentes libres y esclavas al mismo tiempo. Al mismo tiempo, duelen las miradas salvajes, la brutalidad contra burros y camellos, los niños sin pan ni esperanza, las leyes misóginas que obedecen a la sharia y que solo se aplican para las más desfavorecidas.

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Los hombres merodean despreocupados con sus bubús azules, dueños y señores de la tierra que pisan. Entre ellos, también hay diferencias de poder. Los moros blancos se pasean altaneros y copan las terrazas de los restaurantes, al ritmo de la hora del té, que es casi a cada momento.

La población negra – peul, soninké, wolof – camina con la cabeza más agachada, las sandalias arrastrándose por las aceras de arena. Algunos jóvenes venden baguettes de un pan que seduce los paladares más exquisitos. Otros venden tabaco, tarjetas para recargar el móvil, cacahuetes crudos. Ninguno compite con los fatayés que venden las señoras en sus pequeños comercios.

Las mujeres caminan despacio por las polvorientas calles de la ciudad de los susurros, como la invoca José Naranjo. Envueltas en los colores de sus melafhas se esconden de las miradas indiscretas, custodiando mil y una historias donde ser fuertes no ha sido una opción, sino la norma. La mirada fiera, la cabeza erguida, la determinación y la valentía en sus labios agrietados. La vida duele, pero nunca se deja de caminar hacia delante.

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Todas y todos detienen el mundo cada vez que se entregan a Allah durante la prière. Al menos, cinco veces al día. Se paralizan el trabajo, los viajes, el deporte, las conversaciones. La gratitud y la fe colman sus corazones, mientras con sus rezos tejen un diálogo con Dios. Sus cuerpos son gráciles, sus almas parecen flotar lejos del desierto al que pertenecen.

Las calles no tienen nombre. Todos vivimos en “una calle perpendicular a dos calles de la boutique Cuscús” o “¿ves la embajada de China? Justo en el edificio de detrás, en el segundo portal” o “en la casa amarilla que hay al doblar las galerías Zeinart”. Una anarquía que acaba teniendo su encanto.

La poussière entra por la ventana. Tiene una fragancia extraña que ni me gusta ni consigue repugnarme. Es el perfume de Mauritania. Agrio y dulce, como casi todo en la vida. Por suerte, el viento también trae el canto de los pájaros, el rumor de las hojas que bailan entre los árboles, la melodía de las cabras, el caminar sinuoso del camello y el estertor apagado de las voces desconocidas.

En agosto, bajo el sol abrasador de casi 50 grados, me embarco con mis amigos en una aventura hasta Terjit, el más famoso de los Oasis del Adrar. Un paraíso de palmeras, montes de roca y tonalidades de ocre. El palmeral de Mhaireth nos seduce con sus aguas fantasiosas, aunque nos disuaden de un chapuceo los animales muertos que se acumulan en sus orillas.

Banc d’Arguin es nuestro segundo viaje. El parque natural de mar y desierto, de cientos de especies de aves que no vemos, de colores brillantes y largas playas que me recuerdan a la costa de mi amada España. Unos días de tranquilidad, sin ducha ni baño, solo la certeza de que dormir bajo las estrellas colmara nuestros sueños de una paz divina.

El viaje más delicioso que hemos realizado fue en noviembre, en el Parc Diawling. Hermoso el parque natural con los paisajes verdes, la ría y los manglares, los pájaros y jabalíes y una teranga que nos anunciaba la proximidad con Senegal. Inolvidable la noche en las khaimas iluminadas por las lucecitas y el fuego, la magia de las dunas y el brillo de las aguas del Atlántico a unos pasos de nuestras pestanas. ¡Qué suerte poder ver la Luna de mandarina antes de abandonarnos a los brazos de Morfeo!

Nouadhibhou supone una misión con la CRF para formar en primeros auxilios psicológicos a los voluntarios que atenderán a los migrantes que llegan a costas. Tras una semana de duro trabajo, el finde se presenta dulce en el Centro de Pesca. Nos acompañan las olas, el atardecer de fuego y una brisa fría a la que no estamos acostumbrados. Una barquita nos conduce a la Isla de los Cangrejos. Unos pocos metros cuadrados de arena fina, aguas cristalinas, cangrejos traviesos y pájaros deslumbrantes. La casita de madera nos esconde del Sol. No queremos irnos nunca.

De Aleg y Kamour, recuerdo sobre todo la música y el bamboleo del camino sobre la pickup de 4×4 que nos conduce por el sur de Mauritania.

La libertad en estado puro. Libertad vestida de un verde que no existe en otras regiones del país. Libertad envenenada, pues solo a nosotros desde nuestro privilegio nos pertenece. ¿Merecemos tanta felicidad paseándonos por el interior de un país que adolece de hambrunas, injusticias, violencias y enfermedades…? ¿Nuestra presencia es un símbolo más de la Europa colonizadora o solo estrechamos diferencias al reunirnos con sus amables gentes desde una posición humilde?

Si intuyo la respuesta que no quiero escuchar, la armonia de mi presencia se ve amenazada. Cuando acabe de abrir los ojos, el sueño africano habrá terminado.

Gracias a Maria Legaristi por las bellas fotografias 🙂

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