Casamance, la tierra de colores

Un año después de mi primer viaje a Senegal, decido embarcarme sola en una nueva aventura por el país, esta vez por la sureña región de Casamance. Un millón de colores me dan la bienvenida en forma de maravillosos paisajes y gentes con el corazón de algodón. Sol, mar y sonrisas. ¿Acaso en la vida puede pedirse algo más?

Viajar en tiempos de Covid es raro. Pero cuando se busca escapar de la rutina y de los estímulos, cuando se necesita el encuentro consigo misma y con el Uno, debo reconocer desde mi privilegio que ha sido delicioso viajar casi como única turista en el país. Fue un poco difícil tener que hacer los PCR y obtener la autorización de la embajada de Senegal en Nouakchott, pero mucho más sencillo por estar en Mauritania que si hubiera estado en Europa.

Ziguinchor me sorprende con una fragancia a prisa y humedad. Es agradable el paseo por sus calles, el reposo en la Catedral, los cacahuates junto a Théodore, el café con Mbaye y la amable visita del puerto. La algarabía de los mercados y los colores de la Alianza Francesa. Una cerveza a solas en Combulaine y cuscús dulce en Casa Motel junto con Babacar y su hermano. Comprendo desde el principio que tendré muchos amigos estos días. Efímeros momentos compartidos con almas bondadosas que solo buscan (a pesar de mi desconfianza inicial) un pedazo de tiempo y sonrisas en estos momentos extraños.

Un taxi destartalado con 7 personas (con mascarilla), cabras y pollos me lleva a Oussuye y de ahí a Elinki, tranquilo pueblo de pescadores. Paseo por el pueblo, conozco a Eric, Las y Kamal. Un viaje en la “pirogue colective” me conduce en una travesía preciosa hasta la Isla de los Sueños: La Isla de Carabane.

Me alojo en el campamento de Barracuda. Deliciosa comida de arroz, patatas y berenjena con mi nuevo amigo el cocinero del lugar: Celestin. Los siguientes días paseamos y pasemos por la Isla, entre delfines, plancton brillante y un sol arrebatador que acaricia nuestros pasos. Caminamos hasta las islas de Kafar y Effrane, nos bañamos, tocamos el djembé y el konting, bebemos cerveza con sus amigos, viajamos a Cachouane y reímos espontáneamente.

Quiero asimilar lo que es recorrer los barrios periféricos de Nouakchott visitando centros destartalados para abrir nuestras células de escucha psicosocial. Lo que es trabajar seguidamente casi sin respiro de lunes a viernes en mil y una reuniones en otro idioma: sentirme a veces competentes y muchas otras todo lo contrario. Lo que es sentirme un ciervo de colores triunfante en las fiestas unas veces y otras sentir que estoy fuera de lugar y que todo es una mentira. Aspirar la fragancia a marihuana en el tejado de la maison. Sentir la nostalgia y el dolor del amor pasado. Sentir las chispas de plancton brillante en nuestros pies mientras caminamos por la playa bajo un cielo plagado de estrellas. Tras la belleza del rojo fuego del atardecer, la noche salada. Al mismo tiempo, estoy aquí y ahora y mis ojos no pueden cerrarse a la belleza que ante ellos se abre.

De Carabane a Oussuye. Visita mística al Rey cargándome de energía protectora. Nuevos amigos que me conducen a Mlomp, los impluvium y el templo animista del pueblo.

Después Cap Skirring. Los colores, las músicas, las largas y paradisíacas playas custodiadas de verdes palmeras y la tranquilidad del campament Senegauloises. Un precioso jardín con camaleones, vacas y pájaros cantores. Una caravana y gente maravillosa de Chile e Italia. El puerto y el afán de los pescadores junto con mi amigo de Costa de Marfil. Regalos de Gambia.

El bosque animista rodeado de baobas, ceibas, fetiches y magia. La paz y la espiritualidad entre las ramas de los árboles y bajo las aguas verdes. Amor y belleza entre los dientes de los niños que ríen. Soy libre bajo el sol de noviembre. La gente me mira alabando mi belleza, no entienden que solo soy un reflejo de la suya.

Soledad como medicina para el alma. Soledad en compañía. Es cuando la marea de la vida nos balancea con su danza incierta que las mejores cosas suceden. La belleza de Senegal y el amor de sus gentes acunan mi corazón sediento de Verdad y Armonía. Vengo con más colores de los que partí…

Un comentario en “Casamance, la tierra de colores

  1. Rosa dijo:

    Preciosos paisajes y preciosas palabras. Vas contando tu viaje como si fuera poesía, un mar de calma y de sosiego entre palmeras y agua. Valiente y preciosa, seductora sirena de cantos hermosos. Me gusta viajar a tu lado, sin moverme de casa. Me susurras al oído tus aventuras y cerrando los ojos siento tu caminar intrépido. Me regalas la visión de un paraíso lejano, de una gente bondadosa y amable. Y vuelvo a creer en la humanidad, siento que hay mas bueno que malo por el mundo. Personas como tu que esta llena de luz y de vida.

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